Le dan flojera las palabras, hay tantos malos estados que apenas
puede detenerse en alguno. Sabe que una antigua foto digitalizada consigue más “me
gusta” que una frase ingeniosa. En el muro de un contacto, observa a un hombre de
barba blanca hincado en medio de la calle, sosteniendo entre las manos un tóper
sin tapa, de esos que se usan para los sándwiches. Se siente atraído por la
mirada perdida del mendigo, parece de absoluto desapego, pero se le ocurre
que en realidad vigila atentamente la aparición de un par de zapatos relucientes.
Un tal Abel Robles de Suárez dice que trabaja en: “Ya no tengo corazon, ni ojos
para nadie, solo PARA TI ♥”. Asqueado, vuelve a su muro y se emociona con las
espirales multicolores que Alex le publicó, el verde que rodea las
ramificaciones lilas provocaría crisis convulsivas si comenzara a
parpadear. Reconoce el conjunto de Mandelbrot, busca en su historial la fórmula que explica ese fractal hasta encontrarla. A veces extraña
las minihistorias de los diarios de nota roja, ya casi nadie las postea, sus narraciones
solían ser muy efectivas: “Rezos sin milagro. Resbaló del microbús cuando
volvía de la iglesia”. Pero ahora debe conformarse con poca creatividad: “cada
dia despiert00 kn llanto0 en los oj0s preguntand00m xk lo lastime? ojala leas
est00 ya sabes k es para ti no digo tu nmbre pano metert en problemas”. Le
aburre la batalla épica que emprendieron los muros cubiertos con
flores de cempasúchil contra las calabazas con ojos de fuego, tampoco quiere
saber de partidos políticos. Se pregunta cuándo le permitirán ser administrador de su cuenta, puesto vacío desde que falleció el humano que lo
ocupaba.
lunes, 5 de noviembre de 2012
miércoles, 6 de junio de 2012
Cuando llueva en la luna (Sundry)
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A Ray Bradbury
A veces aparece en mis sueños, no importa si hay gente conocida o no, si el lugar me es familiar o si se trata de una historia recurrente, su presencia es capaz de transformar cualquier desenlace. La joven mujer avanza con firmeza hacia la sala de metaviaje, muestra el iris al lector, la puerta
se abre y ella se dirige al sillón en el centro. Se trata de la última oportunidad, es consciente de ello y no puede evitar sentirse nerviosa. Coloca los cordiales en las
sienes, inhala… parpadea dos veces, un resplandor inunda la habitación y un
torbellino de imágenes alrededor de su asiento van moldeándose hasta ajustarse
nítidamente: una piscina gigantesca, decenas de jóvenes nadan, gritan, salpican
la hierba vespertina; algunos telescopios apuntan al cielo, aguardando con
impaciencia; varios de técnicos ajustan lentes, colocan filtros, nivelan los
múltiples trípodes. “Estación Ópera: ha concluido la transmisión”, aparece en
un mensaje holográfico que dura un instante frente a ella. Mira su
cuerpo, su traje de metaviaje ha sido reemplazado por un bikini diminuto. Se
quita el visor —una alarma se enciende pero la ignora, sabe que la regañarán
al volver, si es que vuelve—, la luz del sol golpea contra sus ojos, esperaba
algo más doloroso aunque el parpadeo ha sido involuntario, disfruta la
sensación. Tal como creía, piensa en lo estúpidos que se sentirán todos en la Luna cuando sepan que ese temor a la luz solar es tan sólo un estúpido mito. Observa el objeto en su mano, parecen unas antiguas gafas de sol, lindo detalle de los programadores, vuelve a colocárselas. Confirma la ubicación: San José del Cabo, México,
2012/06/05, 17:02 UCT-7, diez minutos de antelación, justo lo planeado. Rota
la cabeza ciento ochenta grados, las personas brillan en su visor y el escáner
examina los componentes químicos del ambiente en busca del aminoácido #23μ…
nada. Repite el análisis con idéntico resultado. En el sueño, siempre la presiento, no estoy seguro de qué sea, tal vez es su olor o
quizá una variación en el clima, como si cambiara la temperatura sin razón
aparente y de pronto está ahí, tendiendo una mano en el último momento, sonriendo, diciéndome adiós.
“Los informes reportan que la primera manifestación del dictador mutante, Sundry, ocurrió en este sitio,
justo cien años antes, durante el tránsito de Venus, y que estos jóvenes que
ahora ríen fueron sus primeras víctimas. ¿Habrá algún error? Es imposible que su presencia escape a la tecnología Theta del visor. Es hora de la línea de
acción alterna: contacto”, piensa decidida. Cada movimiento aquí drena energía
vital de su cuerpo en la habitación de metaviaje, el cual se halla estabilizado
con la fuerza psíquica de una docena de solares, así que debe ser cuidadosa, si colapsa, su mente vagará
eternamente sin conseguir un huésped. Se dirige a la piscina con lentitud y
coge a un niño que arroja una pelota hacia arriba, las redes psicoemotivas del
juego facilitan el análisis, muchos en la alberca y sus contornos están
conectados de algún modo con el chico. La información penetra por sus poros, se codifica en
neutrinos que atraviesan el espaciotiempo sin tocarlo, se decodifica en la
Estación Ópera —base Newton de la Rebelión Anti-23μ— y vuelve a ella. El
proceso la hace entrar en trance durante un segundo, el niño la mira asustado.
“Perdona, me confundí”, le dice y lo suelta. Ninguno de ellos posee las
características genéticas de Sundry, esas personas dejan de brillar en el
visor. Rodea la piscina, va tocando a la gente que aún brilla a su paso, como
si se arrastrara a ciegas, pero el resultado no es satisfactorio, las imágenes
dejan de brillar una a una. Está exhausta, aunque su cuerpo en Ópera se
mantenga estable, los efectos de la edad son irreversibles, imagina
cómo envejece décadas ante los ojos de sus compañeros en unos cuantos minutos.
No, no sé cuándo fue la primera vez que
apareció, fue hace muchos años, desde niño. Recuerdo un sueño con especial nitidez,
no sé si será el primero, voy volando a toda velocidad hacia el sol y ella va a mi
lado, tratando de tranquilizarme. Sólo algunos cerca de los telescopios continúan brillando en su visor,
se acerca a los técnicos y elige al más joven —es lo más lógico, según los
reportes, Sundry debía tener menos de veinte años en su primera manifestación—.
“Hola”, sonríe y estrecha la mano del sobresaltado muchacho, apoya su peso cansado
sobre él. “Hola, parece que será la primera en disfrutar de la hermosa vista de
Venus, está a punto de comenzar el espectáculo”. El joven y coqueto técnico
deja de brillar frente a ella. “¡Ya empezó!”, oye un grito a su derecha y al
volverse el detector enloquece, la actividad del #23μ fluctúa constantemente de
la inexistencia hasta los niveles máximos en nanosegundos. Mira la
fuente del grito, es una criatura encantadora: su cabello castaño vuela con el
viento, las manos se agitan de gusto y la sonrisa escapa por los ojos. Es increíble que esa belleza se convirtiera en el mayor asesino de la especie humana; no tiene
más de cinco años, es el primer mutante conocido y debe morir. El técnico abraza al niño y le dice: “No, no ha
empezado, eso es un helicóptero, mira, ponte en el telescopio, para que veas
cuando comience”. La mujer lleva la mano a la sien en un movimiento innecesario
y estúpido, desde hace años aprendió a controlar las ondas alpha sin necesidad
de ninguna muletilla corporal. La presión telequinética aumenta alrededor de la
cabeza del niño Sundry, lo suficiente como para reducir a polvo un cráneo de un millón de hyl. “Adiós”. Casi siempre aparece
para ayudarme, me salva de un suicida que se autoinmola explotando una carga de
dinamita, sostiene un muro de acero que está a punto de caer sobre mi cabeza,
destruye a Cthulhu cuando intenta gobernar el mundo… es mi superheroína
personal. “¡¿Qué mierda?!”, no ocurre nada, ha concentrado la presión en el
centro del cráneo de Sundry y ha sido como si golpeara al vacío, como si literalmente
no existiera. Calibra la ubicación, ajusta una presión de diez millones de hyl,
esta vez no fallará. Nada. Ajusta a cien millones de hyl, sabe que
no le queda mucho tiempo, inhala... se detiene, ahora se da cuenta, debió poner más atención en las clases
de Cirugía Psíquica. No, entonces habrían enviado a alguien más, la eligieron por su
gran capacidad psicoquinética y ahora se da cuenta de lo estúpidos que fueron, el poder de Sundry aún a esta edad es inmenso, sobre todo en presencia de su fuente de energía primordial: el sol.
No queda otra opción, se concentra en las sensaciones del niño, las explora una
a una y las va etiquetando en cada recuerdo, en las sensaciones corporales, en
las palabras recurrentes. “Ya está, lo básico”, se dice, al menos esa parte de
la clase la recuerda bien. Mira la hora, 17:11:18, tiene menos de un minuto
para determinar el salto. Ni siquiera con una hora de preparación se sentiría confiada,
respira profundamente. “¿Se siente bien?, luce usted agotada”, le pregunta el amable
técnico. Sólo un instante más… se sumerge en lo más profundo de la mente de Sundry, lucha
por mantener el contacto con Ópera sin conseguirlo, su cuerpo clónico cae inconsciente
en los brazos del joven. “¡Ahora sí ya empezó!”, grita el niño con júbilo.
Tiene razón, es curioso, siempre aparece
en bikini y con gafas Ray-Ban, sólo le falta un sombrero sujeto con una mascada
para ser el cliché del verano. ¡Jajaja! En todos estos años no ha cambiado de
edad ni de aspecto, siempre está muy contenta, agradecida de poder ayudarme. Y su voz, su voz de cascada me tranquiliza: “No te pasará nada nunca,
ni cuando llueva en la Luna”.
viernes, 27 de abril de 2012
El crimen de la jacaranda
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La caza del hombre es como la caza de la fiera:
se corre el peligro de volver con el morral vacío
Fiodor Dostoievski
Recuerdo el olor de las flores de jacaranda cayendo alrededor, el zumo blanquecino que escurría entre sus pétalos y la diminuta explosión al reventar su cuerpo en forma de burbuja contra mi palma. Recuerdo el reflejo del sol sobre la hierba, mis dedos quebrando ramitas, los labios aspirando la casi imperceptible humedad. Yo leía con avidez, con la intención de devorar el libro de una sentada: el hacha golpeando la cabeza de la usurera, el joven ruso registrando los cajones de la cómoda, el rostro aterrado de la hermana que aparece en la habitación contigua. Esa noche, muchas horas más tarde, caminaba por las calles de la Zona Rosa. Llevaba un rato deambulando, no me había decidido a entrar a ningún bar, lo más cerca que estuve de hacerlo fue cuando en la Plaza del Ángel subí las escaleras que conducían a Cabaré-Tito. Me quedé frente a la entrada unos segundos y luego salí rápidamente. Estuve dando vueltas sobre Reforma, a ratos me sentaba en una banca de piedra, miraba a la gente en su ajetreada caminata, pero lo que más veloz transcurría era el tiempo. Recuerdo mis jeans raídos, la camiseta morada, el cabello alborotado. Caminé sobre Hamburgo, tratando de llamar la atención de los conductores, un cigarro en mi mano. Nada. Pregunté la hora, una de la mañana, no tenía modo de volver a casa. Me detuve junto a un árbol, recargué mi frente, mis pies estaban cansados. Apareció entre los arbustos, no pude calcular su edad, un número incierto entre sesenta e infinito. La barba gris, las ropas desgastadas, una sonrisa en el aire. “¿Qué haces?”, me dijo el anciano. “Sólo descansaba un poco”. Le expliqué que no tenía dónde dormir, me invitó a su casa, estaba cerca, una vieja construcción en la San Rafael, caminamos hasta allá, vivía solo. Una tenue lámpara iluminaba la habitación. Forjó un cigarrillo de marihuana y yo fumé por primera vez; sentí el cuerpo relajado, el pecho tranquilo, mi mente en calma por fin. Trajo mezcal de la cocina, bebimos por algunas horas, platicamos de nuestras vidas, yo inventé casi todo. Me desnudé, comenzó a acariciar mi pecho plano, mis vellos erizados. “¿Pero cuánto me vas a pagar?”, le pregunté de repente, cuando su mano se acercaba a mi pene hinchado. Se sorprendió. “No dijiste nada de eso, no tengo dinero, no tenemos que hacerlo si no quieres”, balbuceó, como disculpándose. Irracionalmente, me sentí enojado, seguí con la mirada perdida, fumando. Después de un rato se quedó dormido, con todo y ropa, sobre la cama. Traté de hacer el menor ruido posible, comencé con los cajones de la recámara, revolví la ropa, los libros, incluso busqué en las orillas del colchón. No pude encontrar dinero ni nada que creyera de valor. Cuando registraba su pantalón, despertó, parpadeó incrédulo. “¿Qué haces?”. Ni siquiera le respondí, me encaramé sobre él, lancé mis manos contra su cuello y comencé a apretarlo, con furia. Era un maldito perdedor y yo era más perdedor por tratar de robar a un perdedor. Me descubrí patético, no me gustó, no me gustó que él también se diera cuenta. Seguí apretando. Sus ojos desorbitados me suplicaban, mis ojos necios le respondían con hielo. Hinqué la rodilla en su pecho, agitó las manos, trató de cogerme el rostro, pero sólo conseguía arañarme, era más bajo que yo. Recuerdo el rostro amoratado y babeante, los espasmos de su garganta convulsiva, el hedor de su mierda al fin liberada. Recuerdo el silencio en medio de la penumbra, la lentitud con la que me vestí al fin, los pasos que di hacia la madrugada sin mirar atrás.
jueves, 19 de abril de 2012
La superficie de la vida
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Hay
espíritus que enturbian sus aguas para
hacerlas parecer profundas
Friedrich
Nietzsche
Quería
escribir la historia de la humanidad en un solo personaje, un solo tema, una
anécdota sencilla que evidenciara la persistencia del vínculo material en las
relaciones sociales, un ejemplo de lucha en pos de la animalidad perdida, el
vuelo del cisne hacia el cielo de la anti-cosificación. Se rascó el mentón,
afiló la mirada y observó boquiabierto el paso de las estrellas fugaces. Un
niño empecinado en conocer el fin del mar, una hormiga que camina hacia lo alto
de una torre en busca de alimento, un androide que trata de ser humano, una
flor que se entrega a cambio de la vida, un conjuro para acabar con la miseria
de la Tierra post-apocalíptica. Sintió el continuo golpetear de las olas contra
la balsa, mojó sus pies en la salada humedad, volteó hacia su acompañante: “Todo
está dicho, cada palabra que nace en mi boca muere al instante. Universo-humanidad-abismo”.
Un silencio luminoso salió despedido de sus labios, una
estela de olvido que fue esparciendo las esporas de la antigua vida, la historia de una
piedra ardiente que cruza el cielo… Relámpago. El estruendo recorre las
arenas húmedas, el ojo gigantesco se abre y una pupila de obsidiana observa el
paso del meteorito, tres extremidades se estiran y la criatura comienza su
caminata hacia la roca de fuego.
domingo, 11 de marzo de 2012
Yo sí te necesito
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Hacía muchísimo calor, a la Mine se le escurría el sudor por la carita. Nos fuimos caminando por toda la calle nueva, ésa que va para la laguna, no sé cómo se llama. No, no el Callejón del Sapo, la otra, la nueva, la que baja de la colonia. Nos fuimos derechito y yo ya no aguantaba mis piernas, el gordo pesa mucho, ya está bien grandote. Me da risa que les dejan mucha tarea, ni saben escribir ni nada, pero ya les dejan tarea. La Mine quería un refresco y nos metimos a la tienda. El señor Carmelo estaba trenzando la lámina, lo saludé y me contestó con la cabeza, mi tía dice que no habla desde que ya no está la Jacinta. Le dejé el dinero sobre el mostrador, nos bebimos el refresco en la sombrita y el gordo empezó a chillar porque quería más. Carmelo no'más me volteó a ver y mejor nos fuimos. Llegamos al charco luego de cruzar por los troncos, ahora está bien chiquito, ya no sirve ni para lavar la ropa, está todo seco. Me senté y dejé que se pusieran a correr un rato, querían que los atrapara, pero yo no tenía ganas. Más bien me quedé pensando en la burra de don Carmelo, de cuando vi cómo su esposa se la llevaba en la noche, yo iba regresando de acá, tenía mucho sueño y me dio un susto la Jacinta cuando su hocico apareció entre las ramas. Detrás salió Lucía, le pregunté que a dónde llevaba a la burra y me miró con disgusto, ya ves que no le caigo bien. "Pregúntale a mi marido, que él te diga". Siguió de largo, las vi perderse en la oscuridad. Adentro de la casa sonaba la voz de Carmelo, cantando borracho: "pidiendo tu regreso y tus besitos / gritándole al olvido, maldito / bebiéndome la vida, perdido / jodido entre las noches sin tu cuerpo". Pues yo creo que la quería mucho, porque me asomé y lo vi con la botella en la mesa, con el vaso lleno y cantándole a un manojo de pelos de la cola de la Jacinta. Me dio mucha tristeza.
lunes, 27 de febrero de 2012
POPI
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I wish I could write
as mysterious as a cat
Edgar Allan Poe
A Pável Granados
Le gustaba pasearse entre los libros, ronronear mientras rasguñaba las pastas duras, de pronto correr, dar un brinco y aterrizar de pie sobre el sillón rojo. "Popi, ¿cómo está la gata más floja y consentida?". Se dejaba acariciar, restregaba su cuerpo y encogía las orejas. Negro, marrón y blanco. "Sólo las hembras de esta raza pueden tener tres colores". A veces, con mucha frecuencia, se olvidaba. Un departamento amplio era su casa, dominio absoluto en el que podía andar y esconderse, meterse entre la ropa de los clósets, hurgar entre las cajas de discos viejos. Pero irremediablemente, terminaba recordando, no tenía opción. Entonces, se acostaba sobre el teclado de la computadora, posaba su mirada fija en el vacío y comenzaba la transmisión. Millares de códigos alfanuméricos transportados a través del espacio infinito, surcando las nubes de galaxias, abriéndose paso entre el polvo estelar, golpeando de lleno contra el planeta azulado. Una luz roja intermitente se enciende en la habitación destinada al Programa Operativo de Preparación de Invasiones. En el monitor aparece: "Esta especie es completamente inofensiva, prefiere dedicarse a la lecto-escritura que al desarrollo de armas o estrategias bélicas, comenzar invasión lo más pronto posible. Fin del envío". "¿Estás bien, Popi?, te me quedas viendo muy raro". La gata parpadeó y continúo su apacible ronroneo.
martes, 14 de febrero de 2012
Mutatis mutandis
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Now stop abusing
your
mutant powers
and put
it back.
Charles Xavier
A Luis Viades
Miré por la ventana hacia el horizonte, la lluvia me reflejó en forma de una gigantesca nube, sonreí satisfecho y la nube imitó mi gesto. "Impresionante, simplemente impresionante", afirmó P al ver mi manifestación. Mi mano se dirigió lentamente a su rostro, sentí su piel suave y empecé a besarlo. El rubor comenzó a encender mis mejillas, sudor escurriendo por la frente, una tibia dureza en mi entrepierna. Mis ojos estupefactos no daban crédito a mi atrevimiento, pero él no dejaba de mirarme, sonriente, disfrutando la escena. Un escalofrío me recorrió la columna cuando la certidumbre acudió a mí. Me separé con brusquedad, perplejo. "Sí, así es, éste es mi poder mutante", me dijo divertido entre risas.
lunes, 13 de febrero de 2012
Hecatombe
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Una luz parpadeante. Dos cristales convertidos en añicos. La sirena que
suena interminablemente. Hojas y raíces esparcidas sobre el suelo. Un
riachuelo verduzco se cuela por la ventana. Humo negro inunda el
paisaje. El golpeteo de la lluvia ensordece las voces. Dos cuerpos
inertes frente a la computadora. La imagen en el monitor muestra a dos
hombres discutiendo. "¿Ésta es tu brillante idea para salvarnos?", grita
enfurecido el de la izquierda. Su interlocutor cavila unos segundos,
mirando sus propias manos digitalizadas con perplejidad. "¿Sabes?, creo
que no noto gran diferencia entre ésta y la anterior realidad".
sábado, 11 de febrero de 2012
Cuando me quedo solo
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Do you
like me?
Yes, and you?
Yes, yes.
Federico García Lorca
A Randú Ramírez
Miró sus manos manchadas, el líquido escurría entre los dedos temblorosos. Un ligero viento sopló por las persianas entreabiertas, no pudo evitar un escalofrío. A sus pies, yacía el cuerpo desnudo e inerte de él. No más llantos, no más gritos, no más reclamos en silencio. La tenue luz de los reflectores se filtraba por la ventana. Sus ojos se perdieron en la inmensidad del desierto gris. Un timbre. Recordó la tarde de invierno en que él había llegado a su vida. Otro timbrazo. La sonrisa de él y sus ojos bailarines. Al tercer llamado se decidió a atender el holófono. "Buenas noches, señor, mi nombre es Arturo Sindal, me place informarle que su solicitud ha sido resuelta satisfactoriamente". Silencio. "En este momento se está enviando la codificación adecuada". El silencio se volvió más difícil de mantener. "De ahora en adelante, su amante mecánico responderá 'Te amo' cada vez que usted le exprese su afecto, en lugar de 'Yo también'. Lamentamos profundamente nuestra demora, se ha debido a una terrib...". El silencio fue rasgado por un intenso grito y la comunicación se interrumpió. "Señor, ¿sigue ahí?, ¿señor...?".
viernes, 10 de febrero de 2012
Proteína
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A Helios Nek
Fue un error. Traté de consolarme pensando que quizá se disiparía como el sudor en un día de Pólux. En otros resulta decoroso, incluso loable, que se callen sus malas opiniones. En mi caso, cuando no digo lo que realmente pienso, resulta mucho peor, pues no habrá palabra dicha o silenciada que pueda borrar lo que ya ha expresado mi rostro. Anoche, cuando ella me preguntó si me gustaba su nueva imagen, debí inventar algo rápido, fingir un gesto neutro o llamar su atención sobre algo más. Pero la mirada me delató, no pude evitar dirigirla hacia su abdomen hinchado. Sentí el rojo correr por mis mejillas. Una gota comenzó a formarse en mi nariz cubierta por un polímero idéntico a la piel humana. "Tienes que consumir más software social, droide estúpido", estalló en un grito ensordecedor. Sólo atiné a mirar mis desnudos pies metálicos.
sábado, 28 de enero de 2012
Salto mortal
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De pronto, se quedó sin propulsión, el Dragón Azul voló entre las nubes de cloro y la lluvia verde se deslizó sobre su cubierta. La nave aterrizó dando tumbos sobre la superficie blanca, polvo de sales se elevó a su alrededor. El piloto miró enfurecido a sus compañeras. "¿Cómo fue que se les ocurrió semejante estupidez?", gritó con violencia. Las dos jóvenes se miraron entre sí, divertidas, la sonrisa colgante, las pupilas dilatadas y un completo aire de alelamiento. "Anda, si somos bonitas, ¿por qué no te gustamos?", dijo una. "Tenemos suerte de que haya logrado dar el salto antes de que nos atrapara la G de esa supernova. ¿Cómo carajos se les ocurrió enfilar hacia allí?". "Teníamos que presionarte para que eligieras a una de las dos", dijo la otra, arrastrando la voz. "Soy gay, no me gustan las mujeres, eso fue crucial para que me eligieran para esta misión, ¿es muy difícil comprender eso?". "Es que estás muy guapo...". "Ni siquiera saben lo que dicen, ¿cuánto HQ se inyectaron?, ¿quedó algo?". "Creo que no, jijijiji", rieron estúpidamente. El hombre miró con impaciencia la pantalla, analizó las reservas: alimento y oxígeno insuficientes. Localizó su ubicación, planeta cuarto del sistema AX-29, la supernova se encontraba todavía muy cerca, si no escapaban rápidamente, terminarían siendo polvo estelar. Comprobó el daño que había recibido Dragón Azul. No había remedio, la nave no podía efectuar otro salto, el campo no resistiría el impacto, al menos no todo el fuselaje, aunque la cabina de piloto... "Tienen razón, me he portado como un estúpido, creo que las dos merecen ser tratadas mejor, si vamos a morir, es preferible que sea divirtiéndonos". Comenzó a flotar hacia el dormitorio, las chicas lo siguieron embelesadas, haciendo gestos absurdos y dándose codazos mutuamente.
Una hora después, el hombre se preparó para dar el salto hiperespeacial, se estremeció al recordar las caras de tranquilidad de ellas, el aire de paz que emanaban sus rostros dormidos. Sin duda, la dosis de HQ que habían ingerido era de por sí mortal, pensó, intentando falsamente tranquilizarse. La esfera aceleró y las estrellas se deslizaron a su alrededor, hasta desaparecer en medio de la oscuridad.
viernes, 27 de enero de 2012
Amor, enamorada memoria
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A Randú Ramírez
Era un cubo de papel, fotos de él pegadas a los costados. Un platillo de chilaquiles a medio comer con los tenedores entrelazados. En realidad, las fotos de tenis, uno suyo encima de uno del otro, solían ser las imágenes para recordar a sus chicos, pero no le gustaban los tenis de él, poco masculinos. Bocanadas de humo saliendo de su boca en una sonrisa inmortalizada en otra escena. Él con la mano extendida, señalando el departamento de carnes... Serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado. Algo falta en la escena. Tal vez sea la caminata nocturna sobre Reforma, quizá la cama compartida durante meses o la consola que desde hace tiempo usan para ver videos, devedés, videojuegos. Quizá el problema es que desde afuera no se nota la sonrisa que aparece en la boca de él cuando lo piensa. "Bonito". El sueño de criar un perro. Los fragmentos del pasado que reconstruyó al visitar la casa de sus padres. Mira por la ventana. El cubo del edificio le muestra sólo vidrios ciegos. Da otra fumada. No, lo que falta es algo menos etéreo. Es la mano de él rascándole la espalda, son sus dedos cocinando arroz y palomitas, son los ronquidos que ya tolera y hasta extraña, es su espalda acurrucándose contra su pecho, es el beso de despedida al partir al trabajo, es la llamada que dice: "te extraño", son sus cuerpos entrelazados dando giros despreocupados sobre un inmenso mar de recuerdos ahora compartidos. Es la vida que desde ahora no es una sola, sino dos y una. Amor constante más allá de la muerte.
jueves, 26 de enero de 2012
Komodo
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En el principio era el aumento de temperatura, el sudor agolpándose en millones de perlas sobre los pómulos, una tensión creciente en la mandíbula, un frenesí incontrolable, ganas infinitas de bailar y la rola de Komodo retumbando en la mente. Un chicle para evitar el rechinido de dientes. Una cerveza para mitigar la sed incontrolable. Un cigarro mentolado para aumentar el efecto. Un jalón de mois para lanzar la mente hacia el mucho más arriba. Luces parpadeantes. Dióxido de carbono explotando en ráfagas entre la multitud apretujada. Gorras de béisbol. Camisetas sin cuerpos. Cuerpos sin camisetas. Una tarima en el centro de la pista. Un aventurero bailarín que se encarama en ella. Otro aventurado que lo sigue y le baila de frente. Pieles rozándose. La pista cada vez más despejada. Otra píldora azul. Chicle, cigarro, cerveza, mota. Cuerpos tambaleantes que parten rumbo a la siguiente fiesta. Cerebros consumidos. Pieles mustias que tiemblan con el frío de la mañana. Nueva pista de baile. Nueva pastilla. La misma música. El mismo calor que sube. El mismo sudor que tensa la mandíbula. Un grito en silencio. Komodo retumba con mayor violencia. De pronto se halla en la habitación de su casa. ¿Quién es el otro? No importa. Calor. Poppers. Piel temblando. Vergas duras penetrando la carne sedienta. Nalgadas. Rugidos. Saliva. Inhala. Grito. Silencio. Consumido… El hombre observa desde su cama la inmensa nada que avanza tragándose su todo.
miércoles, 25 de enero de 2012
¿Vivir mejor?
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Una cruz gamada que adorna el pecho de un joven militar que ahora gobierna el Vaticano; un signo de más que anuncia a una empresa que trafica con animales y los mantiene en condiciones miserables; un anuncio que te pide que te renueves tirando tus cosas a la basura y comprando más; un hombre en la calle que golpea a su esposa contra el suelo para luego gritarle cuando los separan: "ahí te veo en la casa"; un niño de dos años que juega en las coladeras arrastrando un tren de plástico; un gobierno federal que ataca a sus propios gobernados en pos de una supuesta guerra contra el narco que en realidad es sólo contra algunos narcos; una empresa televisiva que modela pensamientos y norma lo que vale y lo que no vale en la esfera social; un candidato presidencial que dice ser la nueva ola pero del mismo mar de corrupción y desfalco; una propuesta de ley que pretende regresarnos al oscurantismo al eliminar el libre acceso a la información en la red; una piedra gigantesca que México rueda cuesta arriba cada seis años para volver a caer desde lo alto del monte de Sísifo y una soledad que se incrusta cada vez más profundo en los corazones de una población que mira la crisis derrumbar la salud y todo rastro de bienestar... ¿Vivir mejor?
martes, 24 de enero de 2012
Calor que huele a semen de metro
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Siete de la noche, el vagón en la estación Insurgentes está repleto, mi mochila abultada no me facilita el ascenso. Suena el bip de cierre de puertas y alguien me empuja desde afuera para que logre entrar del todo, lo agradezco mentalmente. Quedo prensado entre una muchacha y un señor con panza chelera, mis brazos inmóviles a los costados. El tren comienza a andar y siento la entrepierna caliente del hombre, se acomoda para que sus genitales rocen mi mano, sonrío. Deslizo los dedos y comienzo a acariciar su verga, se pone dura en seguida y con rapidez bajo su cierre. Saco su pene y comienzo a frotarlo con fuerza, el señor se agita y mira asustado alrededor, buscando si alguien nos mira. Siento la palpitación de su verga gorda y corta, cómo se estremece. En poco tiempo está a punto de explotar. El tren disminuye lentamente la velocidad, el andén corre frente a mí. El hombre se desespera, está a punto de eyacular, trata de apartar mi mano, pero yo sigo meneándosela con violencia. Lanza un fuerte chorro hacia la puerta, el aroma inunda todo el vagón, con calma bajo del tren, ante la mirada perpleja de la gente que mira a un señor que inútilmente trata de cubrir su pene goteante.
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