miércoles, 6 de junio de 2012

Cuando llueva en la luna (Sundry)



A Ray Bradbury

A veces aparece en mis sueños, no importa si hay gente conocida o no, si el lugar me es familiar o si se trata de una historia recurrente, su presencia es capaz de transformar cualquier desenlace. La joven mujer avanza con firmeza hacia la sala de metaviaje, muestra el iris al lector, la puerta se abre y ella se dirige al sillón en el centro. Se trata de la última oportunidad, es consciente de ello y no puede evitar sentirse nerviosa. Coloca los cordiales en las sienes, inhala… parpadea dos veces, un resplandor inunda la habitación y un torbellino de imágenes alrededor de su asiento van moldeándose hasta ajustarse nítidamente: una piscina gigantesca, decenas de jóvenes nadan, gritan, salpican la hierba vespertina; algunos telescopios apuntan al cielo, aguardando con impaciencia; varios de técnicos ajustan lentes, colocan filtros, nivelan los múltiples trípodes. “Estación Ópera: ha concluido la transmisión”, aparece en un mensaje holográfico que dura un instante frente a ella. Mira su cuerpo, su traje de metaviaje ha sido reemplazado por un bikini diminuto. Se quita el visor —una alarma se enciende pero la ignora, sabe que la regañarán al volver, si es que vuelve—, la luz del sol golpea contra sus ojos, esperaba algo más doloroso aunque el parpadeo ha sido involuntario, disfruta la sensación. Tal como creía, piensa en lo estúpidos que se sentirán todos en la Luna cuando sepan que ese temor a la luz solar es tan sólo un estúpido mito. Observa el objeto en su mano, parecen unas antiguas gafas de sol, lindo detalle de los programadores, vuelve a colocárselas. Confirma la ubicación: San José del Cabo, México, 2012/06/05, 17:02 UCT-7, diez minutos de antelación, justo lo planeado. Rota la cabeza ciento ochenta grados, las personas brillan en su visor y el escáner examina los componentes químicos del ambiente en busca del aminoácido #23μ… nada. Repite el análisis con idéntico resultado. En el sueño, siempre la presiento, no estoy seguro de qué sea, tal vez es su olor o quizá una variación en el clima, como si cambiara la temperatura sin razón aparente y de pronto está ahí, tendiendo una mano en el último momento, sonriendo, diciéndome adiós. “Los informes reportan que la primera manifestación del dictador mutante, Sundry, ocurrió en este sitio, justo cien años antes, durante el tránsito de Venus, y que estos jóvenes que ahora ríen fueron sus primeras víctimas. ¿Habrá algún error? Es imposible que su presencia escape a la tecnología Theta del visor. Es hora de la línea de acción alterna: contacto”, piensa decidida. Cada movimiento aquí drena energía vital de su cuerpo en la habitación de metaviaje, el cual se halla estabilizado con la fuerza psíquica de una docena de solares, así que debe ser cuidadosa, si colapsa, su mente vagará eternamente sin conseguir un huésped. Se dirige a la piscina con lentitud y coge a un niño que arroja una pelota hacia arriba, las redes psicoemotivas del juego facilitan el análisis, muchos en la alberca y sus contornos están conectados de algún modo con el chico. La información penetra por sus poros, se codifica en neutrinos que atraviesan el espaciotiempo sin tocarlo, se decodifica en la Estación Ópera —base Newton de la Rebelión Anti-23μ— y vuelve a ella. El proceso la hace entrar en trance durante un segundo, el niño la mira asustado. “Perdona, me confundí”, le dice y lo suelta. Ninguno de ellos posee las características genéticas de Sundry, esas personas dejan de brillar en el visor. Rodea la piscina, va tocando a la gente que aún brilla a su paso, como si se arrastrara a ciegas, pero el resultado no es satisfactorio, las imágenes dejan de brillar una a una. Está exhausta, aunque su cuerpo en Ópera se mantenga estable, los efectos de la edad son irreversibles, imagina cómo envejece décadas ante los ojos de sus compañeros en unos cuantos minutos. No, no sé cuándo fue la primera vez que apareció, fue hace muchos años, desde niño. Recuerdo un sueño con especial nitidez, no sé si será el primero, voy volando a toda velocidad hacia el sol y ella va a mi lado, tratando de tranquilizarme. Sólo algunos cerca de los telescopios continúan brillando en su visor, se acerca a los técnicos y elige al más joven —es lo más lógico, según los reportes, Sundry debía tener menos de veinte años en su primera manifestación—. “Hola”, sonríe y estrecha la mano del sobresaltado muchacho, apoya su peso cansado sobre él. “Hola, parece que será la primera en disfrutar de la hermosa vista de Venus, está a punto de comenzar el espectáculo”. El joven y coqueto técnico deja de brillar frente a ella. “¡Ya empezó!”, oye un grito a su derecha y al volverse el detector enloquece, la actividad del #23μ fluctúa constantemente de la inexistencia hasta los niveles máximos en nanosegundos. Mira la fuente del grito, es una criatura encantadora: su cabello castaño vuela con el viento, las manos se agitan de gusto y la sonrisa escapa por los ojos. Es increíble que esa belleza se convirtiera en el mayor asesino de la especie humana; no tiene más de cinco años, es el primer mutante conocido y debe morir. El técnico abraza al niño y le dice: “No, no ha empezado, eso es un helicóptero, mira, ponte en el telescopio, para que veas cuando comience”. La mujer lleva la mano a la sien en un movimiento innecesario y estúpido, desde hace años aprendió a controlar las ondas alpha sin necesidad de ninguna muletilla corporal. La presión telequinética aumenta alrededor de la cabeza del niño Sundry, lo suficiente como para reducir a polvo un cráneo de un millón de hyl. “Adiós”. Casi siempre aparece para ayudarme, me salva de un suicida que se autoinmola explotando una carga de dinamita, sostiene un muro de acero que está a punto de caer sobre mi cabeza, destruye a Cthulhu cuando intenta gobernar el mundo… es mi superheroína personal. “¡¿Qué mierda?!”, no ocurre nada, ha concentrado la presión en el centro del cráneo de Sundry y ha sido como si golpeara al vacío, como si literalmente no existiera. Calibra la ubicación, ajusta una presión de diez millones de hyl, esta vez no fallará. Nada. Ajusta a cien millones de hyl, sabe que no le queda mucho tiempo, inhala... se detiene, ahora se da cuenta, debió poner más atención en las clases de Cirugía Psíquica. No, entonces habrían enviado a alguien más, la eligieron por su gran capacidad psicoquinética y ahora se da cuenta de lo estúpidos que fueron, el poder de Sundry aún a esta edad es inmenso, sobre todo en presencia de su fuente de energía primordial: el sol. No queda otra opción, se concentra en las sensaciones del niño, las explora una a una y las va etiquetando en cada recuerdo, en las sensaciones corporales, en las palabras recurrentes. “Ya está, lo básico”, se dice, al menos esa parte de la clase la recuerda bien. Mira la hora, 17:11:18, tiene menos de un minuto para determinar el salto. Ni siquiera con una hora de preparación se sentiría confiada, respira profundamente. “¿Se siente bien?, luce usted agotada”, le pregunta el amable técnico. Sólo un instante más… se sumerge en lo más profundo de la mente de Sundry, lucha por mantener el contacto con Ópera sin conseguirlo, su cuerpo clónico cae inconsciente en los brazos del joven. “¡Ahora sí ya empezó!”, grita el niño con júbilo. Tiene razón, es curioso, siempre aparece en bikini y con gafas Ray-Ban, sólo le falta un sombrero sujeto con una mascada para ser el cliché del verano. ¡Jajaja! En todos estos años no ha cambiado de edad ni de aspecto, siempre está muy contenta, agradecida de poder ayudarme. Y su voz, su voz de cascada me tranquiliza: “No te pasará nada nunca, ni cuando llueva en la Luna”.

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