De todos los pasajes
subterráneos, éste es el más visitado de noche. Por la mañana, sólo uno que
otro se aventura en el túnel sombrío para cruzar Parque Lira; hay que respirar
profundo antes de adentrarse, de otro modo, uno lo recorre soportando la peste
a orina, que se hace más penetrante en estos días de sol. Pero después de las
ocho, cuando los focos amarillos se encienden y los rondines terminan, todo cambia.
—No’mbre, mano,
la primera vez que yo vine ustedes ni nacían. Ni polis había. La cosa era muy distinta,
más discreta, no que ahora quieren todo para ya, de una vez… así no sabe.
Cuando era muchacho, estaba igual de flaquito que ustedes, hasta más, usaba
talla veintiocho. Pura talla veintiocho usé hasta los treinta. Se estaban
poniendo de moda los pantalones ajustados, así como el del “Mayol”; pero a mí me
gustaban más los de campana, me acuerdo que con el verde tenía mucho éxito.
Venía un ratito, daba la vuelta y me iba en el carro de un señor.
El hombre de
vientre hinchado hizo una pausa, inhaló con fuerza su cigarrillo y expulsó una
enorme bocanada que nos dejó envueltos en humo. Destapé otra Tecate, eran casi
las diez de la noche y se sentía un calor insoportable. Los autos circulaban
con lentitud, parecían contagiados con la somnolencia de la cerveza que yo tenía.
Busqué en mis bolsillos y no encontré ni un cigarrillo. El hombre volteó hacia
mí y me tendió una cajetilla de Delicados sin filtro.
—Éstos son los
buenos —dijo y comenzó uno de sus ataques de tos.
Mientras
esperábamos en silencio a que pasara, miré al chico a quien el hombre llamaba
“Mayol”, usaba lentes, estaba de pie frente a mí y parecía entretenido. De vez
en cuando daba una fumada y bebía a tragos largos, una lata vacía y apachurrada
estaba a sus pies. Vació la segunda, la tomó entre las manos y la estrujó como
si la exprimiera, el ruido sobresaltó al hombre que trataba de recuperarse.
—Ahora sí hasta
me espantaste la tos, mano. Te digo, me recuerdas un buen al Mayol, le gustaban
esos mismos lentes de pasta que siempre me han parecido espantosos; discúlpame,
pero son de anciano, no los deberías usar. Lo que tienes que usar es siempre lo
que está a la moda… mientras te acomoda —dijo entre tosidos—. No como esos
viejos que andan con camisas floreadas y sombreros ridículos, ésos ya se
quedaron en otra época.
Estuve a punto
de reírme, por un momento pensé que estaba haciendo un chiste de sí mismo; pero
me controlé al ver su mirada de convencimiento cuando empezó a enumerar lo que
creía que estaba de moda. Oí sus palabras sin prestar atención, más bien me
dediqué a observar su aspecto: el cabello castaño relamido hacia atrás,
ocultando la calvicie en la mollera; las gafas oscuras de plástico verde
brillante que no se había quitado en ningún momento, imitación de Ray Ban;
camisa morada tornasolada de manga corta y con tres botones abiertos, por donde
escapaban varios vellos blancos; pantalón de vestir negro, desgastado y
entallado; y unos mocasines de cuero que usaba sin calcetines.
Terminé la
Tecate y hasta entonces me di cuenta de que el cigarro se había apagado en mi
mano sin consumirse, quién sabe cuándo. Lo arrojé al suelo, dejé la lata a mi
lado, me levanté y estiré las piernas. El chico de lentes me miró y lo vi
apurar su tercera cerveza, era la última que quedaba.
—¿Ya te vas?
Pero si apenas estamos empezando, éstas ya se acabaron pero vamos por más. ¿O
qué, se van a rajar? —nos preguntó el hombre.
Ninguno de los
dos contestamos. Ahora que estaba de pie me di cuenta de que estaba mareado.
Sentí la náusea subir, apreté mi estómago, bajé corriendo las escaleras y me
agaché en un rincón, apoyando las manos en las rodillas. Las arcadas fueron
violentas. De reojo, vi un pantalón azul eléctrico hasta las rodillas que se
alejaba, el rostro de asco de un recolector de botellas de plástico que se la
estaba jalando, las braguetas abiertas de dos oficinistas que no conseguían una
erección, la mano de un extraño que sujetaba mi cabello para que no lo manchara
mi vómito…
—Tranquilo,
muchacho, yo te ayudo. Ahora que acabes vamos por las otras, mandamos a ese
Mayol y nosotros lo esperamos. ¿Sabes a quién me recuerdas? Tú me recuerdas a
la Malú, todo el tiempo se la pasaba vomitando igual, siempre que íbamos de
fiesta era lo mismo, hasta los chicos…
Sólo pude cerrar
los ojos y rezar porque acabara pronto, por suerte, la monotonía de su charla
me fue arrullando.


