Siete de la noche, el vagón en la estación Insurgentes está repleto, mi mochila abultada no me facilita el ascenso. Suena el bip de cierre de puertas y alguien me empuja desde afuera para que logre entrar del todo, lo agradezco mentalmente. Quedo prensado entre una muchacha y un señor con panza chelera, mis brazos inmóviles a los costados. El tren comienza a andar y siento la entrepierna caliente del hombre, se acomoda para que sus genitales rocen mi mano, sonrío. Deslizo los dedos y comienzo a acariciar su verga, se pone dura en seguida y con rapidez bajo su cierre. Saco su pene y comienzo a frotarlo con fuerza, el señor se agita y mira asustado alrededor, buscando si alguien nos mira. Siento la palpitación de su verga gorda y corta, cómo se estremece. En poco tiempo está a punto de explotar. El tren disminuye lentamente la velocidad, el andén corre frente a mí. El hombre se desespera, está a punto de eyacular, trata de apartar mi mano, pero yo sigo meneándosela con violencia. Lanza un fuerte chorro hacia la puerta, el aroma inunda todo el vagón, con calma bajo del tren, ante la mirada perpleja de la gente que mira a un señor que inútilmente trata de cubrir su pene goteante.
martes, 24 de enero de 2012
Calor que huele a semen de metro
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