A Randú Ramírez
Era un cubo de papel, fotos de él pegadas a los costados. Un platillo de chilaquiles a medio comer con los tenedores entrelazados. En realidad, las fotos de tenis, uno suyo encima de uno del otro, solían ser las imágenes para recordar a sus chicos, pero no le gustaban los tenis de él, poco masculinos. Bocanadas de humo saliendo de su boca en una sonrisa inmortalizada en otra escena. Él con la mano extendida, señalando el departamento de carnes... Serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado. Algo falta en la escena. Tal vez sea la caminata nocturna sobre Reforma, quizá la cama compartida durante meses o la consola que desde hace tiempo usan para ver videos, devedés, videojuegos. Quizá el problema es que desde afuera no se nota la sonrisa que aparece en la boca de él cuando lo piensa. "Bonito". El sueño de criar un perro. Los fragmentos del pasado que reconstruyó al visitar la casa de sus padres. Mira por la ventana. El cubo del edificio le muestra sólo vidrios ciegos. Da otra fumada. No, lo que falta es algo menos etéreo. Es la mano de él rascándole la espalda, son sus dedos cocinando arroz y palomitas, son los ronquidos que ya tolera y hasta extraña, es su espalda acurrucándose contra su pecho, es el beso de despedida al partir al trabajo, es la llamada que dice: "te extraño", son sus cuerpos entrelazados dando giros despreocupados sobre un inmenso mar de recuerdos ahora compartidos. Es la vida que desde ahora no es una sola, sino dos y una. Amor constante más allá de la muerte.

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