viernes, 27 de abril de 2012

El crimen de la jacaranda


La caza del hombre es como la caza de la fiera:
se corre el peligro de volver con el morral vacío
Fiodor Dostoievski

Recuerdo el olor de las flores de jacaranda cayendo alrededor, el zumo blanquecino que escurría entre sus pétalos y la diminuta explosión al reventar su cuerpo en forma de burbuja contra mi palma. Recuerdo el reflejo del sol sobre la hierba, mis dedos quebrando ramitas, los labios aspirando la casi imperceptible humedad. Yo leía con avidez, con la intención de devorar el libro de una sentada: el hacha golpeando la cabeza de la usurera, el joven ruso registrando los cajones de la cómoda, el rostro aterrado de la hermana que aparece en la habitación contigua. Esa noche, muchas horas más tarde, caminaba por las calles de la Zona Rosa. Llevaba un rato deambulando, no me había decidido a entrar a ningún bar, lo más cerca que estuve de hacerlo fue cuando en la Plaza del Ángel subí las escaleras que conducían a Cabaré-Tito. Me quedé frente a la entrada unos segundos y luego salí rápidamente. Estuve dando vueltas sobre Reforma, a ratos me sentaba en una banca de piedra, miraba a la gente en su ajetreada caminata, pero lo que más veloz transcurría era el tiempo. Recuerdo mis jeans raídos, la camiseta morada, el cabello alborotado. Caminé sobre Hamburgo, tratando de llamar la atención de los conductores, un cigarro en mi mano. Nada. Pregunté la hora, una de la mañana, no tenía modo de volver a casa. Me detuve junto a un árbol, recargué mi frente, mis pies estaban cansados. Apareció entre los arbustos, no pude calcular su edad, un número incierto entre sesenta e infinito. La barba gris, las ropas desgastadas, una sonrisa en el aire. “¿Qué haces?”, me dijo el anciano. “Sólo descansaba un poco”. Le expliqué que no tenía dónde dormir, me invitó a su casa, estaba cerca, una vieja construcción en la San Rafael, caminamos hasta allá, vivía solo. Una tenue lámpara iluminaba la habitación. Forjó un cigarrillo de marihuana y yo fumé por primera vez; sentí el cuerpo relajado, el pecho tranquilo, mi mente en calma por fin. Trajo mezcal de la cocina, bebimos por algunas horas, platicamos de nuestras vidas, yo inventé casi todo. Me desnudé, comenzó a acariciar mi pecho plano, mis vellos erizados. “¿Pero cuánto me vas a pagar?”, le pregunté de repente, cuando su mano se acercaba a mi pene hinchado. Se sorprendió. “No dijiste nada de eso, no tengo dinero, no tenemos que hacerlo si no quieres”, balbuceó, como disculpándose. Irracionalmente, me sentí enojado, seguí con la mirada perdida, fumando. Después de un rato se quedó dormido, con todo y ropa, sobre la cama. Traté de hacer el menor ruido posible, comencé con los cajones de la recámara, revolví la ropa, los libros, incluso busqué en las orillas del colchón. No pude encontrar dinero ni nada que creyera de valor. Cuando registraba su pantalón, despertó, parpadeó incrédulo. “¿Qué haces?”. Ni siquiera le respondí, me encaramé sobre él, lancé mis manos contra su cuello y comencé a apretarlo, con furia. Era un maldito perdedor y yo era más perdedor por tratar de robar a un perdedor. Me descubrí patético, no me gustó, no me gustó que él también se diera cuenta. Seguí apretando. Sus ojos desorbitados me suplicaban, mis ojos necios le respondían con hielo. Hinqué la rodilla en su pecho, agitó las manos, trató de cogerme el rostro, pero sólo conseguía arañarme, era más bajo que yo. Recuerdo el rostro amoratado y babeante, los espasmos de su garganta convulsiva, el hedor de su mierda al fin liberada. Recuerdo el silencio en medio de la penumbra, la lentitud con la que me vestí al fin, los pasos que di hacia la madrugada sin mirar atrás.

jueves, 19 de abril de 2012

La superficie de la vida



Hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas
Friedrich Nietzsche

Quería escribir la historia de la humanidad en un solo personaje, un solo tema, una anécdota sencilla que evidenciara la persistencia del vínculo material en las relaciones sociales, un ejemplo de lucha en pos de la animalidad perdida, el vuelo del cisne hacia el cielo de la anti-cosificación. Se rascó el mentón, afiló la mirada y observó boquiabierto el paso de las estrellas fugaces. Un niño empecinado en conocer el fin del mar, una hormiga que camina hacia lo alto de una torre en busca de alimento, un androide que trata de ser humano, una flor que se entrega a cambio de la vida, un conjuro para acabar con la miseria de la Tierra post-apocalíptica. Sintió el continuo golpetear de las olas contra la balsa, mojó sus pies en la salada humedad, volteó hacia su acompañante: “Todo está dicho, cada palabra que nace en mi boca muere al instante. Universo-humanidad-abismo”. Un silencio luminoso salió despedido de sus labios, una estela de olvido que fue esparciendo las esporas de la antigua vida, la historia de una piedra ardiente que cruza el cielo Relámpago. El estruendo recorre las arenas húmedas, el ojo gigantesco se abre y una pupila de obsidiana observa el paso del meteorito, tres extremidades se estiran y la criatura comienza su caminata hacia la roca de fuego.