Suena
el timbre y la señora se lanza abriéndose paso para abordar, estaciona su bolsa del mandado frente al tubo y se abraza a él. El tren avanza dando tumbos y
el resto de los pasajeros se agita para acomodarse, escuchando los gritos de un
vendedor de audífonos “de entrada universal” que lleva de la mano a una niña
que mira fijamente el suelo al caminar. La puerta se abre y escupe gente hacia
las escaleras, algunos suben dando brinquitos y salen golpeando el brazo del
torniquete, esquivan puestos de tacos y hamburguesas, caminan a paso veloz o
corren en las banquetas estrechas. Una casa pequeña asoma entre dos edificios,
observando con timidez, con una escalera de caracol que sobresale de la azotea
como una enredadera en busca del sol. Pisos húmedos, la puerta automática de un
zaguán que cierra con eterna lentitud, rayos solares que chocan contra las
hojas goteantes, dos policías auxiliares haciendo rondín, una bicicleta en
sentido contrario y el charco que debes rodear sin chocar con la
universitaria que con su ropa hace honor, con gran tino, al brillante verde pistache de este atardecer.
jueves, 24 de julio de 2014
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