jueves, 24 de julio de 2014

Atardecer



Suena el timbre y la señora se lanza abriéndose paso para abordar, estaciona su bolsa del mandado frente al tubo y se abraza a él. El tren avanza dando tumbos y el resto de los pasajeros se agita para acomodarse, escuchando los gritos de un vendedor de audífonos “de entrada universal” que lleva de la mano a una niña que mira fijamente el suelo al caminar. La puerta se abre y escupe gente hacia las escaleras, algunos suben dando brinquitos y salen golpeando el brazo del torniquete, esquivan puestos de tacos y hamburguesas, caminan a paso veloz o corren en las banquetas estrechas. Una casa pequeña asoma entre dos edificios, observando con timidez, con una escalera de caracol que sobresale de la azotea como una enredadera en busca del sol. Pisos húmedos, la puerta automática de un zaguán que cierra con eterna lentitud, rayos solares que chocan contra las hojas goteantes, dos policías auxiliares haciendo rondín, una bicicleta en sentido contrario y el charco que debes rodear sin chocar con la universitaria que con su ropa hace honor, con gran tino, al brillante verde pistache de este atardecer. 

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