miércoles, 18 de septiembre de 2013

Silencio


Silencio, ¿dónde llevas
tu cristal empañado
de risas, de palabras
y sollozos del árbol?
Federico García Lorca

Suena la sirena. Los ojos nublados de la mujer miran a través de la ventana. Una gota escurre por el cristal y ella la sigue con el dedo, creando un camino paralelo sobre la superficie empañada; cambia el rumbo, rodeando una costra de lodo adherida, ha perdido cuerpo y con ello velocidad; se acerca al final, con timidez escurre por el filo metálico y se acomoda en un charquito, que se ha formado durante la madrugada. 

Ana deja caer la mano y recarga la mejilla en el vidrio. Una bocanada de calor sale expulsada por su boca, formando un disco vaporoso que se empequeñece con lentitud hasta desaparecer. Exhala nuevamente. “Es tan efímero…” Comienza a llorar. La sirena sigue aullando. Suena el timbre y el pomerania del departamento de arriba responde con ladridos. Corre a la puerta y pega las pestañas a la mirilla, mientras seca las lágrimas. El pasillo aparece vacío. Otro timbrazo. Toma sin ganas el auricular.

―Hola.

―Buenos días, traigo un sobre para M.

―Aquí no vive.

Lo deja caer con violencia y se sienta sobre la duela. Su cuerpo se balancea mientras aprieta los ojos y las manos cubren las orejas. Los ladridos continúan.

―¡Cállate!

El perro responde con más furia y el timbre suena otra vez.

―¡Que ya no vive aquí!― grita en el límite por el interfón.

―¿Ana? ¿Estás bien?― Natalia suena preocupada.

―No, vete. No puedo ahora… lo siento― suelta el auricular.

La voz grita por la bocina colgante, sus piernas se arrastran hacia el dormitorio, el timbre chilla ansioso, su mano escarba en el cajón del baño, los ladridos se vuelven más desesperados, las píldoras tiemblan entre sus dedos, el agua helada golpea el lavabo, Ana apresura el trago hasta el fondo, el cadáver de M la mira desde la bañera… y la sirena al fin calla.

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