lunes, 6 de mayo de 2013

Retrato de familia





I paint people not because of what they are like,
not exactly in spite of what they are like,
but how they happen to be.
Lucian Freud

Abrió la ventana para dispersar el humo que tanto le molestaba. Sus pupilas dilatadas sufrieron un impacto casi de terror al ser bombardeadas por las miles de luces nocturnas. El viento arrojó un poco de lluvia contra su rostro. Parpadeó, tratando de controlar sus emociones desbordadas por el abismo luminoso. Sintió nacer el estornudo, cómo crecieron las cosquillas en sus vellos nasales; llevó la mano a la nariz para contener el desastre, pero fue muy tarde, explotó en cientos de gotitas que escaparon entre sus dedos, empapando su barba de varios días, dispersándose entre la noche… y despertando con su ruido a Sonia.
—Mmm… ¿No puedes dormir? Si no puedes, deja a los que estamos descansando —dijo la mujer regordeta con voz entrecortada y pastosa.
En cada sílaba, Jorge notó la garganta inflamada de su esposa e imaginó las membranas dilatadas cubiertas por una sustancia gomosa y gris, que llevaba adherida probablemente varias décadas.
—Es el humo. ¿Cuántas veces te he pedido que no fumes en la cama?
—¿Y yo cuántas que no te acuestes con otras?
Sabía que no debía responder, que era sólo una provocación para desviar el tema. Sabía también que su esposa era una puta, que se había acostado con casi todos sus amigos —si no es que con todos—, además de los vecinos y hasta con un albañil que destapaba las alcantarillas frente al edificio. Y sabía que discutirlo era absurdo, pero estaba enojado, odiaba el humo del tabaco, siempre le había parecido repulsivo, diseñado para asesinar de modo lento y repugnante.
—Sonia, si quieres hablar de puterías mejor cuéntame cómo te ha ido esta semana. ¿Cuántos se han venido adentro de tu culo? ¿Alguno te lo ha chupado? Claro que no, nadie tiene tanto valor… —había sido un error táctico y ahora pagaría las consecuencias, se dijo.
Los ojos adormilados de la mujer parpadearon, tratando de enfocar el rostro desencajado de Jorge, sacó las manos hinchadas y sonrojadas entre la sábana y limpió la baba que escurría entre sus labios. Su voz sonó controlada, pastosa aún, pero con una excelente dicción.
—Querido, sabes bien que si se parara tu cosita no tendría que buscar a otros. Además, cuando ya está de pie, apenas alcanza para hacerme cosquillas. Ahora, hay alguien en esta habitación que sí tiene que trabajar mañana y es claro que no eres tú. Si no puedes dormir, lárgate al pinche sillón y jálatela viendo porno de putos cogiendo en el metro, que es lo que más te gusta, y deja de estar chingándome la madre —refugió su cabeza entre las almohadas, tragó un gargajo enorme y empezó a roncar con gran estruendo a los pocos segundos.
El hombre ni siquiera trató de responder, se dirigió al clóset, sacó la lata de mariguana y salió de la habitación.

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