I paint
people not because of what they are like,
not exactly in
spite of what they are like,
but how they
happen to be.
Lucian Freud
Abrió la ventana para dispersar el humo que tanto
le molestaba. Sus pupilas dilatadas sufrieron un impacto casi de terror al ser
bombardeadas por las miles de luces nocturnas. El viento arrojó un poco de
lluvia contra su rostro. Parpadeó, tratando de controlar sus emociones
desbordadas por el abismo luminoso. Sintió nacer el estornudo, cómo crecieron
las cosquillas en sus vellos nasales; llevó la mano a la nariz para contener
el desastre, pero fue muy tarde, explotó en cientos de gotitas que escaparon entre
sus dedos, empapando su barba de varios días, dispersándose entre la noche… y
despertando con su ruido a Sonia.
—Mmm… ¿No
puedes dormir? Si no puedes, deja a los que estamos descansando —dijo la mujer
regordeta con voz entrecortada y pastosa.
En cada
sílaba, Jorge notó la garganta inflamada de su esposa e imaginó las membranas
dilatadas cubiertas por una sustancia gomosa y gris, que llevaba adherida probablemente varias décadas.
—Es el humo. ¿Cuántas
veces te he pedido que no fumes en la cama?
—¿Y yo cuántas
que no te acuestes con otras?
Sabía que no
debía responder, que era sólo una provocación para desviar el tema. Sabía también
que su esposa era una puta, que se había acostado con casi todos sus amigos —si
no es que con todos—, además de los vecinos y hasta con un albañil que
destapaba las alcantarillas frente al edificio. Y sabía que discutirlo era
absurdo, pero estaba enojado, odiaba el humo del tabaco, siempre le había
parecido repulsivo, diseñado para asesinar de modo lento y repugnante.
—Sonia, si
quieres hablar de puterías mejor cuéntame cómo te ha ido esta semana. ¿Cuántos se
han venido adentro de tu culo? ¿Alguno te lo ha chupado? Claro que no, nadie
tiene tanto valor… —había sido un
error táctico y ahora pagaría las consecuencias, se dijo.
Los
ojos adormilados de la mujer parpadearon, tratando de enfocar el rostro
desencajado de Jorge, sacó las manos hinchadas y sonrojadas entre la sábana y
limpió la baba que escurría entre sus labios. Su voz sonó controlada, pastosa
aún, pero con una excelente dicción.
—Querido, sabes bien que si se parara tu cosita no tendría que buscar a otros. Además, cuando ya
está de pie, apenas alcanza para hacerme cosquillas. Ahora, hay alguien
en esta habitación que sí tiene que trabajar mañana y es claro que no eres tú. Si no puedes dormir, lárgate al pinche sillón y jálatela viendo porno de putos cogiendo en el metro, que es lo que más te gusta, y deja de estar chingándome la madre —refugió su cabeza entre las almohadas, tragó un gargajo enorme y empezó a roncar con gran
estruendo a los pocos segundos.
El hombre ni
siquiera trató de responder, se dirigió al clóset, sacó la lata de mariguana y salió
de la habitación.


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